
Este texto pensé en exponerlo en un concurso de escritura, pero debido a algunas circunstancias no me fue posible, por ello lo publico aquí. Espero volver a publicar otro pronto muchas gracias a los que leen y/o comentan, y espero que os guste.
¿Quién soy? ¿Qué hago aquí...? Esas y otras muchas preguntas anidaban en mi cabeza por aquellos días, por eso no me extraño que aquella noche me costase dormir, me sentía sola, perdida en la oscuridad... Por fin logré cerrar los ojos y trasladarme al mundo de los sueños. Cuando los volví a abrir me daba la sensación de no haberlos cerrado nunca, me sentía cansada y me costaba pensar con claridad, aún así hice un esfuerzo por levantarme y lentamente fui descendiendo de la cama, quizás con demasiada delicadeza, pero me sentía tan frágil que temía romperme, y aquella litera parecía tan alta...
El primer contacto con el suelo no fue muy agradable, estaba frío como un trozo de hielo, cual mayor fue mi sorpresa al colocar el segundo pie y comprobar como volvía toda la energía a mí, fluyendo por mi cuerpo como una corriente eléctrica, tuve que contenerme para no soltar una exclamación debida a mi sorpresa.
Sigilosamente fue caminando hacia la puerta, delicada como una muñeca de porcelana, no sabia porque me dirigía hacia allí, pero sabía que tenía que hacerlo... No tenia ni idea sobre la hora era, pero debía ser temprano. Crucé el pasillo lentamente, observando todo a mi alrededor, hasta que llegué a la puerta de entrada, algo en mi interior me incitó a abrirla, lo hice muy despacio como temiendo romper la calma que reinaba en el ambiente, crucé la puerta y salí al exterior, daba hacia un lugar en el que se abría hacia ambos lados un pasillo, como una terraza, era de madera oscura y justo enfrente de mi había una pequeña escalera, también de la misma madera. Di un paso hacia fuera y durante un segundo el frío recorrió mi cuerpo, frío, mucho frío, esa sensación duró tan solo un instante, luego quedó como un recuerdo fugaz oculto tras la sensación de calma y bienestar que invadía mi cuerpo. Mientras caminaba lentamente hacia la escalera, me di cuenta de lo distinto que era aquello a mi casa, asustada mire hacia atrás, pero la puerta seguía allí, parcialmente cerrada, exactamente como yo la había dejado…
Me giré y seguí hacia delante, llegué a la escalera y posé uno de mis pies descalzos sobre ella, con mucho cuidado, lentamente puse el otro, había algo que me incitaba a caminar hacia delante, pero lo poco que quedaba de mí, aún con la capacidad de pensar, me pedía suplicante que volviese a casa, que volviese a mi litera... Pero esa sensación se fue aplacando lentamente y entonces continué mi camino, un camino sin rumbo fijo aún, pero algo en mí sabía hacia donde tenía que ir. Crucé una pequeña plaza con una fuente, al pasar junto a ella me asomé para observar el agua, en la que se reflejaba mi rostro, pero no mis ropas, en el reflejo yo llevaba un vestido blanco, como los que tenía cuando era pequeña. Miré mi cuerpo sorprendida, pero vi mi pijama fino y delicado como la seda, volví a mirar mi reflejo, pero entonces ya no estaba allí, mejor dicho yo con mis catorce años no estaba allí, desde el agua me observaba una niña de unos tres años, de sonrisa traviesa y con grandes ojos repletos de curiosidad. Alargué lentamente mi mano para tocar el agua, pero cuando la rocé con las yemas de mis dedos la niña se dio la vuelta corriendo hacia el fondo de la fuente y vi como se hacia cada vez más pequeña, hasta desaparecer, entonces vi mi verdadero reflejo en el agua.
En aquel momento mi cuerpo recordó que iba andando hacia un lugar y volví a ponerme en camino. Crucé la otra parte de la pequeña plaza, llegando así a unas estrechas calles con casas, fui recorriéndolas poco a poco y con mucho cuidado, girando una esquina vi el borde del vestido rojo de una niña ondear al viento por la calle, caminé hacia ella y suavemente la llamé, ella giró su cara poco a poco y pude contemplar mi mismo rostro, algo más infantil, pero eran mis mismos ojos mirándome un paso por delante, intenté decirle algo, pero ella colocó uno de sus pequeños dedos en los labios, se giró y se marchó corriendo. Intenté seguirla, o seguir a mi yo de ocho años por las calles, pero no la alcancé y tuve que resignarme a ver como se marchaba con otras dos chicas calle arriba.
Cuando ya se veían muy lejanas se giraron y diciéndome adiós con la mano fueron desapareciendo en la distancia. Yo seguí caminando, o para ser más exactos, la fuerza que había en mí, y que me empujaba, siguió haciéndolo.
Salí de aquellas calles y me encontré ante un pequeño caro de un bosque en el que había un lago, me acerqué a él esperando ver otro reflejo, pero no vi otra cosa que a mi misma. Miré a mi alrededor y, al no encontrar nada, me senté apoyada en un árbol. Nada más hacerlo oí un ruido tras de mí, me levanté y rodeé el árbol, al otro lado se encontraba una chica de largos cabellos castaños y lisos, dibujaba algo en un cuaderno. Me acerqué más, porque al parecer, ella aún no había notado mi presencia, le rocé suavemente la nuca y ella levantó la cabeza y me miró. Me quedé en silencio observándola. Era yo, tal y como soy ahora, o no, tal vez fuera dentro de unos años. Seguramente sería eso, porque yo ahora tengo el pelo más corto. Me acerqué a su dibujo y vi que era un chico de uno dieciséis años, se notaba que sentía por el cierto cariño, por la forma en la que lo dibujaba. Me alejé un poco contemplándola y, entonces, ella se levantó, me miró largamente y me dio el dibujo. Se dio la vuelta y fue a reunirse junto a un chico, el mismo del dibujo. Vi como se daban la mano y se alejaban caminando por el bosque.
Yo me sequé las lágrimas que corrían por mis delicadas mejillas y seguí caminando, adentrándome en el bosque. En lo que parecía el centro del bosque encontré una puerta, mi puerta, la puerta de mi casa. Caminé lentamente hacía ella, como si no quisiera alejarme de allí. Cuando la rocé, sentí como todo mi ser, me pedía que no me fuera, pero una fuerza interior me empujó a cruzarla. En un instante me sentí calentita en mi acogedora casa. Repetí el camino que realicé antes de marcharme y llegué a mi cuarto. Silenciosamente deposité el dibujo en un cajón, ascendí a mi litera y, esta vez, caí rendida, sin esfuerzo, sin preguntas y feliz con migo misma, pero sobre todo, con respuestas...
Ya ha pasado algún tiempo y a mis veinte años aún recuerdo aquella noche, cuando desperté pensé que había sido un sueño, pero después encontré el dibujo y entonces comprendí que lo maravilloso de la vida eran las tres cosas que ella misma decidió mostrarme aquella noche y que me fueron imprescindibles para seguir viviendo con plenitud.
Desde entonces tengo la ilusión y las ganas de conocimiento de una niña pequeña, capacidad para entregarme a mis amigos y sobre todo la emoción por saber lo que me deparará el futuro.
Hoy me encuentro en mi casa, pensando en aquella noche, sentada en el sofá junto al chico del dibujo, que sin él saberlo guardo en aquel cajón...
¿Quién soy? ¿Qué hago aquí...? Esas y otras muchas preguntas anidaban en mi cabeza por aquellos días, por eso no me extraño que aquella noche me costase dormir, me sentía sola, perdida en la oscuridad... Por fin logré cerrar los ojos y trasladarme al mundo de los sueños. Cuando los volví a abrir me daba la sensación de no haberlos cerrado nunca, me sentía cansada y me costaba pensar con claridad, aún así hice un esfuerzo por levantarme y lentamente fui descendiendo de la cama, quizás con demasiada delicadeza, pero me sentía tan frágil que temía romperme, y aquella litera parecía tan alta...
El primer contacto con el suelo no fue muy agradable, estaba frío como un trozo de hielo, cual mayor fue mi sorpresa al colocar el segundo pie y comprobar como volvía toda la energía a mí, fluyendo por mi cuerpo como una corriente eléctrica, tuve que contenerme para no soltar una exclamación debida a mi sorpresa.
Sigilosamente fue caminando hacia la puerta, delicada como una muñeca de porcelana, no sabia porque me dirigía hacia allí, pero sabía que tenía que hacerlo... No tenia ni idea sobre la hora era, pero debía ser temprano. Crucé el pasillo lentamente, observando todo a mi alrededor, hasta que llegué a la puerta de entrada, algo en mi interior me incitó a abrirla, lo hice muy despacio como temiendo romper la calma que reinaba en el ambiente, crucé la puerta y salí al exterior, daba hacia un lugar en el que se abría hacia ambos lados un pasillo, como una terraza, era de madera oscura y justo enfrente de mi había una pequeña escalera, también de la misma madera. Di un paso hacia fuera y durante un segundo el frío recorrió mi cuerpo, frío, mucho frío, esa sensación duró tan solo un instante, luego quedó como un recuerdo fugaz oculto tras la sensación de calma y bienestar que invadía mi cuerpo. Mientras caminaba lentamente hacia la escalera, me di cuenta de lo distinto que era aquello a mi casa, asustada mire hacia atrás, pero la puerta seguía allí, parcialmente cerrada, exactamente como yo la había dejado…
Me giré y seguí hacia delante, llegué a la escalera y posé uno de mis pies descalzos sobre ella, con mucho cuidado, lentamente puse el otro, había algo que me incitaba a caminar hacia delante, pero lo poco que quedaba de mí, aún con la capacidad de pensar, me pedía suplicante que volviese a casa, que volviese a mi litera... Pero esa sensación se fue aplacando lentamente y entonces continué mi camino, un camino sin rumbo fijo aún, pero algo en mí sabía hacia donde tenía que ir. Crucé una pequeña plaza con una fuente, al pasar junto a ella me asomé para observar el agua, en la que se reflejaba mi rostro, pero no mis ropas, en el reflejo yo llevaba un vestido blanco, como los que tenía cuando era pequeña. Miré mi cuerpo sorprendida, pero vi mi pijama fino y delicado como la seda, volví a mirar mi reflejo, pero entonces ya no estaba allí, mejor dicho yo con mis catorce años no estaba allí, desde el agua me observaba una niña de unos tres años, de sonrisa traviesa y con grandes ojos repletos de curiosidad. Alargué lentamente mi mano para tocar el agua, pero cuando la rocé con las yemas de mis dedos la niña se dio la vuelta corriendo hacia el fondo de la fuente y vi como se hacia cada vez más pequeña, hasta desaparecer, entonces vi mi verdadero reflejo en el agua.
En aquel momento mi cuerpo recordó que iba andando hacia un lugar y volví a ponerme en camino. Crucé la otra parte de la pequeña plaza, llegando así a unas estrechas calles con casas, fui recorriéndolas poco a poco y con mucho cuidado, girando una esquina vi el borde del vestido rojo de una niña ondear al viento por la calle, caminé hacia ella y suavemente la llamé, ella giró su cara poco a poco y pude contemplar mi mismo rostro, algo más infantil, pero eran mis mismos ojos mirándome un paso por delante, intenté decirle algo, pero ella colocó uno de sus pequeños dedos en los labios, se giró y se marchó corriendo. Intenté seguirla, o seguir a mi yo de ocho años por las calles, pero no la alcancé y tuve que resignarme a ver como se marchaba con otras dos chicas calle arriba.
Cuando ya se veían muy lejanas se giraron y diciéndome adiós con la mano fueron desapareciendo en la distancia. Yo seguí caminando, o para ser más exactos, la fuerza que había en mí, y que me empujaba, siguió haciéndolo.
Salí de aquellas calles y me encontré ante un pequeño caro de un bosque en el que había un lago, me acerqué a él esperando ver otro reflejo, pero no vi otra cosa que a mi misma. Miré a mi alrededor y, al no encontrar nada, me senté apoyada en un árbol. Nada más hacerlo oí un ruido tras de mí, me levanté y rodeé el árbol, al otro lado se encontraba una chica de largos cabellos castaños y lisos, dibujaba algo en un cuaderno. Me acerqué más, porque al parecer, ella aún no había notado mi presencia, le rocé suavemente la nuca y ella levantó la cabeza y me miró. Me quedé en silencio observándola. Era yo, tal y como soy ahora, o no, tal vez fuera dentro de unos años. Seguramente sería eso, porque yo ahora tengo el pelo más corto. Me acerqué a su dibujo y vi que era un chico de uno dieciséis años, se notaba que sentía por el cierto cariño, por la forma en la que lo dibujaba. Me alejé un poco contemplándola y, entonces, ella se levantó, me miró largamente y me dio el dibujo. Se dio la vuelta y fue a reunirse junto a un chico, el mismo del dibujo. Vi como se daban la mano y se alejaban caminando por el bosque.
Yo me sequé las lágrimas que corrían por mis delicadas mejillas y seguí caminando, adentrándome en el bosque. En lo que parecía el centro del bosque encontré una puerta, mi puerta, la puerta de mi casa. Caminé lentamente hacía ella, como si no quisiera alejarme de allí. Cuando la rocé, sentí como todo mi ser, me pedía que no me fuera, pero una fuerza interior me empujó a cruzarla. En un instante me sentí calentita en mi acogedora casa. Repetí el camino que realicé antes de marcharme y llegué a mi cuarto. Silenciosamente deposité el dibujo en un cajón, ascendí a mi litera y, esta vez, caí rendida, sin esfuerzo, sin preguntas y feliz con migo misma, pero sobre todo, con respuestas...
Ya ha pasado algún tiempo y a mis veinte años aún recuerdo aquella noche, cuando desperté pensé que había sido un sueño, pero después encontré el dibujo y entonces comprendí que lo maravilloso de la vida eran las tres cosas que ella misma decidió mostrarme aquella noche y que me fueron imprescindibles para seguir viviendo con plenitud.
Desde entonces tengo la ilusión y las ganas de conocimiento de una niña pequeña, capacidad para entregarme a mis amigos y sobre todo la emoción por saber lo que me deparará el futuro.
Hoy me encuentro en mi casa, pensando en aquella noche, sentada en el sofá junto al chico del dibujo, que sin él saberlo guardo en aquel cajón...
