
Bueno, he tardado algo de tiempo en subir esta entrada debido a que no sabía como terminarla. Espero que les guste, y gracias a todos los que lo leen. Espero no tardar mucho en subir otra historia.
Cuando conseguí entreabrir los ojos, quede deslumbrada por una luz cegadora y tuve que volver a cerrarlos, giré la cara y espere a que poco a poco se fuesen acostumbrando a la luz que entraba por la ventana y alumbraba la habitación. Sentía la suave brisa de la mañana en mi rostro y mis ojos se encontraron con una rosa roja, que estaba bajo mi ventana meciéndose al viento, llevaba ya allí algo mas de un año, claro que, no era la misma rosa, si no una nueva cada semana. Incorporé mi cuerpo hasta hallarme sentada en la cama observando la ventana, mi pelo se movía ondulada mente, al igual que la rosa. Lentamente alargué uno de mis dedos hacia ella, cerré los ojos y la toqué, en mi mente solo apareció una cosa, que cada semana aquella rosa estuviese bajo mi ventana exactamente igual que hoy…
El porque de aquel deseo, es una historia complicada de narrar, pero aun así esta escrita en mi mente, y solo necesito algo que la motive a salir, y a desarrollarse sobre esta hoja.
La historia puede comenzar un día de otoño de ara un año…
Aquella tarde salí a la calle para encontrarme con unas amigas en la cafetería, y charlar de nuestras cosas. Me había puesto realmente guapa aquella tarde, llevaba un conjunto de una falda acompañada de una camiseta y una chaqueta vaquera. Me había peinado con gracia aquel día, era uno de esos días en los que me sentía especial por el simple hecho de ser yo misma. Caminé sonriente hacia la cafetería, cuando llegué, una de mis amigas ya estaba allí, la saludé alegremente dándole un abrazo, hacia muchísimo que no la veía. Al poco rato llegaron las otras dos chicas y nos sentamos a tomarnos un chocolate caliente mientras nos poníamos al día de todo lo ocurrido desde que no nos veíamos. Aquella tarde me relajé, nos contamos todo, y nos reímos como nunca. Aquella tarde volvimos a ser unas niñas y disfrutamos de ello.
Pero como todo lo bueno, aquella tarde también llegó a su fin. Nos despedimos cariñosamente, prometiendo volver a quedar la semana próxima. Estaba atardeciendo cuando salimos de la cafetería y nos dispusimos a caminar cada una a su casa, y yo no pude resistirme a desviarme un poco de mi camino para observa la puesta de sol desde mi lugar preferido del parque. Caminé lentamente pensando en mi misma y en mis amigas, llegué a un banco un poco apartado de la parte central del parque y me senté.
Cerré un momento los ojos, y comencé a escuchar a mi alrededor, solo se oían el ruido de las hojas al caer meciéndose al viento y algún que otro batir de alas de pájaros.
Cuando los abrí el sol se ocultaba ya casi entero, dediqué toda mi atención a él. Llegó un momento en el que ya no se le veía, pero aun se percibía su luz. En ese momento volví a cerrar los ojos y me dediqué a relajarme y a concentrarme en sentir el viento en mi rostro, sin ninguna otra preocupación. Cuando me sentí lo suficientemente relajada los abrí y lentamente me levanté, pero al darme la vuelta vi a un chico detrás de mi, apoyado en el banco en el que me encontraba. Di un salto, el chico había llegado tan silenciosamente que yo no lo había notado.
-¿Cuanto tiempo llevas hay? –pregunté asombrada.
-El suficiente para saber que te gusta mucho este sitio –contestó mirándome directamente a los ojos.
Yo me ruboricé ante su respuesta, pero inmediatamente volví a adoptar la expresión de alguien que ha sido sorprendido cuando mejor se encontraba.
-¿Por qué as venido aquí? –contraataqué yo.
-Suelo venir por aquí a ver el atardecer casi todas las tardes.
-Yo también y nunca te había visto.
-Eso es porque no quería que me vieses.
Ante eso no supe que contestar, me ruboricé aun más y diciendo unas pocas palabras di la vuelta y me fui rápidamente a mi casa.
Al llegar, me note a mi misma feliz y nerviosa y aunque no lo quisiese admitir, en el fondo de mi me arrepentía de haberme ido sin saber quien era ese chico. Pero al menos ya tenía una anécdota no muy corriente para contar a mis amigas. Aquella noche me acosté temprano tras cenar muy poco.
Aun así me sorprendí levantándome a las 6 de la mañana, vistiéndome rápidamente, cogiendo una manzana y corriendo hacia el mismo lugar de ayer. Llegué y me senté en el mismo sitio del día anterior, aun era de noche, por lo que cerré los ojos y me llevé la manzana a los labios, esperando a que apareciese el sol ante mis ojos. Al cabo de unos segundos sentí una presencia a mi lado, sonreí, pero no abrí los ojos, el se quedo quieto sentado a mi lado. Cuando sentí el brillo del sol bajo mis párpado los abrí para observar aquel amanecer, no desvié la mirada hacia el chico ninguna vez, sabía que estaba allí únicamente por que le sentía cerca. Mientras el sol ascendía al cielo lentamente sentí como el chico se acercaba un poco más a mí, pero sin llegar a tocarme. Estuvimos así bastante tiempo hasta que el sol se encontraba ya alto en el cielo, en aquel momento yo me levante y dedicándole una sonrisa al chico me marché caminando hacia mi casa de nuevo.
Cuando llegué lo primero que se me ocurrió fue ir a ducharme, ponerme el vestido mas especial que tenía, unas botas altas, una chaqueta y salir a la calle.
Nada mas salir sentí el aire en mi rostro, de un salto bajé los tres peldaños delanteros de mi casa y con una enorme sonrisa pintada en mi rostro me encamine a dar una vuelta hacia donde me llevasen mis pies, por un momento pensé en dirigirme al parque pero descarté esa idea, ese lugar era solo para momentos especiales, así que me encamine hacia otro lugar. Pasé por enfrente de un puesto de helados, y no pude resistirme a comprar uno pero al ir a pagar descubrí que no tenia dinero, cuando salí de casa con las prisas lo había olvidado. Me di la vuelta resignada cuando de repente oí una voz.
-Ponle ese helado a la chica, yo la invito – dijo una voz dulce.
Me dí la vuelta sorprendida y no pude evitar esbozar una tímida sonrisa al comprobar que el chico que me miraba de pie frente al puesto de los helados no era otro sino el chico del parque. Me acerqué a recoger el helado, y me quede de pie frente al chico muy cerca suyo, le dediqué la sonrisa mas radiante.
-Gracias – le dije manteniendo la sonrisa.
-No hay de que – respondió el mirándome fijamente a los ojos.
Nos alejamos caminando el uno al lado del otro en silencio, hasta llegar a una especie de lago que había en el centro del parque, nos sentamos en el césped que lo rodeaba.
Nos sentamos juntos y seguimos en silencio hasta que yo terminé el helado.
-¿Cómo te llamas? –pregunté muy bajito, como temiendo romper ese silencio que nos envolvía.
Él giró la cabeza para mirarme y yo pude descubrir que sus ojos eran de un verde intenso y que su mirada parecía brillar con luz propia, noté como me ruborizaba ante sus ojos. Él también pareció notarlo, porque esbozó una sonrisa.
-Realmente, ¿Qué importancia tienen nuestros nombres ahora? – respondió él.
Ante eso no tenía respuesta, abrí la boca como intentando decir algo pero se quedo en el intento. Volví a cerrarla y bajé la mirada confundida. Cuando oí un ruidito que salía de él, levanté nuevamente la cabeza y pude ver que sonreía felizmente, yo no puede evitar reír con él.
-Tienen la importancia que tu quieras darle – dijo acompañando sus palabras con un guiño –Mi nombre es Christian y ¿el tuyo?
-Yo… me llamo Emma –contesté yo.
Nos miramos largo rato, fijándonos bien en los detalles del otro. Yo, aparte de los ojos, descubrí que poseía una sonrisa increíble, que su pelo era brillante de un color entre rubio y castaño en el que se reflejaba el sol de otoño y que sus rasgos eran especiales, no tenía una cara especialmente bella, pero la combinación de sus rasgos le hacían especial, distinto e indudablemente único.
El tiempo fue pasando y sin saber exactamente el motivo un poco antes de atardecer nos levantamos y nos fuimos caminando despacio hacia nuestro lugar. Yo le llamaba ya así, porque cada vez que lo miraba sentía que ese lugar era nuestro, de los dos…
Esta vez nos sentamos juntos, mas cerca que la vez anterior, pero si llegar a tocarnos.
Cuando el sol esparcía por el cielo sus últimos rayos, él cogió mi mano entre sus dedos. Yo sentí como un escalofrío recorría mi cuerpo y lentamente giré la cabeza para verle, él no me miraba, miraba hacia la puesta de sol pero pude ver un intento de sonrisa asomando en sus labios. Allí sentados estuvimos en silencio observando el paisaje como tantas otras tardes, solo que esta vez era distinto, esta vez estábamos los dos, sentados, cogidos de la mano, sintiéndonos el uno al otro. Al llegar la noche oscura nos levantamos y sin ni siquiera decir adiós nos marchamos, nos despedimos con la mirada. No sabía como ni donde, pero estaba segura de que al día siguiente le volvería a ver.
Caminé lentamente hacia mi casa bajo la luna, estaba preciosa aunque aun quedaban dos días para que estuviese llena. Llegué y en vez de llamar por teléfono o ver el ordenador me senté en la repisa de mi ventana, el aire fresco de la noche mecía mi pelo, que ondeaba suavemente tras de mi, miré al cielo y vi miles de estrellas brillantes, cerré los ojos y durante unos segundos seguía viéndolas, pero de repente aparecieron ante mi sus ojos, sonreí, no sabía el porque pero no me extraño nada que aquello ocurriese. Al cabo de un rato comencé a tener frío, por lo q decidí entrar ya en la casa y cerrar la ventana, me di un baño lento y calentito, cené y me metí en la cama a descansar.
“PiiPiiPii...” Levante sobresaltada ante el insistente sonido del timbre, cogí la bata y las zapatillas y tal como estaba bajé corriendo las escaleras para ver quién era pero justo al poner el pié en el último escalón dejo de sonar y cuando llegué a la puerta y la abrí ya allí no había nadie, miré en todas direcciones esperando encontrarle antes de que se marchase, pero no hubo suerte y resignada fui a cerrar la puerta, pero al intentar hacerlo vi algo enfrente de ella, una rosa roja. Era preciosa, y con la luz de la mañana brillaba con luz propia, la cogí y la abracé contra mi pecho mientras sonreía felizmente, rápidamente me di la vuelta para entrar en casa y colocarla en mi cuarto, pero justo antes de cerrarla me pareció ver unos ojos que miraban tras los setos del jardín, unos ojos muy especiales… Subí corriendo a mi cuarto y deposité la rosa en un jarrón blanco lleno de agua, justo enfrente de la ventana. Cuando me percaté de que ya eran las 2 corrí a la ducha, me vestí, peine, y salí a comer fuera.
Comí sola, pero estaba feliz, me sentía especial y contenta de ser quien era, con mis cosas buenas y mis cosas malas…
Cuando terminé camine despacio sin tener un sitio al que ir, finalmente acabe en el lago de la otra tarde, pero allí no había nadie. Me dejé caer en la hierba suavemente y respiré el aire fresco de aquel lugar, oía el ruido de las hojas ondeando al viento y a los pájaros piando a mi alrededor. Cerré los ojos y dejé que el sueño me fuese venciendo poco a poco. Desperté un par de horas mas tarde, abrí los ojos y lo primero que vi fue un cielo azul sin ninguna nube, el sol caía tras de mi y proyectada en mi barriga pude ver una sombra. Incliné todo lo que pude mi cabeza hacia atrás, descubriendo así, unos ojos verdes que ya me estaban comenzando a ser familiares. Me incorporé y me giré hacia él, dedicándole una sonrisa inocente. Él se levantó y se sentó a mi lado, nos quedamos mirándonos fijamente y poco a poco, deslizando la mano sobre la hierba la coloqué sobre la suya, él cerró sus dedos entre los míos y me sonrió dulcemente. Permanecimos así hasta el atardecer que fuimos a nuestro lugar habitual, transcurrió en silencio con nuestras manos entrelazadas...
Así fueron transcurriendo las tardes sin prácticamente ninguna alteración, entre nosotros cada vez surgía una amistad mayor y comenzamos a hablar poco a poco y a ir conociéndonos. La mañana antes de que comenzasen de nuevo las clases vi al despertar, que la rosa se estaba muriendo. Me entró una gran tristeza, era un vínculo que me unía a Christian de una manera especial. Pero eso era algo que tarde o temprano llegaría, me vestí y bajé corriendo las escaleras con la idea de verle de nuevo. Cuando abrí la puerta una sonrisa surcó mis labios, en la alfombra había una nota blanca y sobre ella, una rosa roja. La cogí y busqué con la mirada a Christian, pero esta vez no le hallé por los alrededores. Subí a mi habitación y sustituí la rosa nueva por la que agonizaba, que cuidadosamente guardé en el interior de un libro, luego leí la nota. Era breve, “Siempre que tengas la rosa roja, te sentiré conmigo” PD: Prometo traerte una nueva cada semana.
Yo no sabía que decir, me sentí única, especial y enormemente afortunada. Me quedé un rato en silencio mirando la rosa, hasta que de repente recordé mi propósito de salir a la calle. Corrí de nuevo escaleras abajo hasta la puerta, que cerré tras de mí con un sonoro portazo y caminé hacia el parque. Por el camino, sentí como si alguien me observase y me quedé quieta con los ojos cerrados en mitad de aquel lugar repleto de árboles, aunque no podía verle ni oírle, sabía quien estaba hay. Sentía la brisa rozando mi pelo, el calor del sol acariciando mi rostro y el olor a arboles y naturaleza. Mantuve los ojos cerrados incluso cuando sentí su presencia frente a mí, conforme sentía que se acercaba, mi corazón palpitaba mas rápidamente. Cuando le sentí a tan solo cinco centímetros de mi, apreté mis manos para relajarme. Él no paso inadvertida esa acción porque entrelazó su mano con la mía, mientras con la otra acariciaba mi rostro. Dejé de sentir la brisa, el sol, los olores... En un impulso de valentía abrí los ojos, justo para ver su mirada verde intensa que me infundía tanta fascinación. En lo que a mí me pareció una vida, el se acercó aun más y finalmente juntó sus labios con los míos...
Por mi mente pasaron miles de cosas, nunca nadie me había hecho sentir así. Lentamente nos fuimos separando, mi primer impulso fue agachar la cabeza, pero el delicada mente me cogió de la barbilla y me miró fijamente a los ojos mientras esbozaba una tímida sonrisa. Me agarró con fuerza la mano y caminamos hasta nuestro banco, no era la hora de la puesta de sol, pero igualmente nos sentamos allí en silencio con las manos entrelazadas y mi cabeza ligeramente apoyada en su hombro. Dejamos que fuesen pasando las horas, y solo interrumpimos nuestro silencio para decidir donde ir a comer, tras lo cual volvimos al banco. Christian se sentó, y yo me tumbé con la cabeza en su regazo, dejamos volar el tiempo hasta la puesta de sol entre caricias y sonrisas.
Cuando llegó la esperada puesta de sol, nos sentamos el uno junto al otro y cuando el sol estaba en el momento mas bello, Christian se levantó y me invitó a que yo lo hiciese, rodeó mi cintura con sus brazos y despacio deposito sobre mis labios el beso más dulce que pueda darse a una chica. En ese mismo instante supe que ese momento se grabaría en mi memoria por siempre...
Ya bien entrada la noche, el me acompañó a mi casa, nos despedimos con una sonrisa, no hizo falta más para comprender que aunque surgiesen cosas y cambiase el día, volveríamos a encontrarnos al atardecer...
Cuando conseguí entreabrir los ojos, quede deslumbrada por una luz cegadora y tuve que volver a cerrarlos, giré la cara y espere a que poco a poco se fuesen acostumbrando a la luz que entraba por la ventana y alumbraba la habitación. Sentía la suave brisa de la mañana en mi rostro y mis ojos se encontraron con una rosa roja, que estaba bajo mi ventana meciéndose al viento, llevaba ya allí algo mas de un año, claro que, no era la misma rosa, si no una nueva cada semana. Incorporé mi cuerpo hasta hallarme sentada en la cama observando la ventana, mi pelo se movía ondulada mente, al igual que la rosa. Lentamente alargué uno de mis dedos hacia ella, cerré los ojos y la toqué, en mi mente solo apareció una cosa, que cada semana aquella rosa estuviese bajo mi ventana exactamente igual que hoy…
El porque de aquel deseo, es una historia complicada de narrar, pero aun así esta escrita en mi mente, y solo necesito algo que la motive a salir, y a desarrollarse sobre esta hoja.
La historia puede comenzar un día de otoño de ara un año…
Aquella tarde salí a la calle para encontrarme con unas amigas en la cafetería, y charlar de nuestras cosas. Me había puesto realmente guapa aquella tarde, llevaba un conjunto de una falda acompañada de una camiseta y una chaqueta vaquera. Me había peinado con gracia aquel día, era uno de esos días en los que me sentía especial por el simple hecho de ser yo misma. Caminé sonriente hacia la cafetería, cuando llegué, una de mis amigas ya estaba allí, la saludé alegremente dándole un abrazo, hacia muchísimo que no la veía. Al poco rato llegaron las otras dos chicas y nos sentamos a tomarnos un chocolate caliente mientras nos poníamos al día de todo lo ocurrido desde que no nos veíamos. Aquella tarde me relajé, nos contamos todo, y nos reímos como nunca. Aquella tarde volvimos a ser unas niñas y disfrutamos de ello.
Pero como todo lo bueno, aquella tarde también llegó a su fin. Nos despedimos cariñosamente, prometiendo volver a quedar la semana próxima. Estaba atardeciendo cuando salimos de la cafetería y nos dispusimos a caminar cada una a su casa, y yo no pude resistirme a desviarme un poco de mi camino para observa la puesta de sol desde mi lugar preferido del parque. Caminé lentamente pensando en mi misma y en mis amigas, llegué a un banco un poco apartado de la parte central del parque y me senté.
Cerré un momento los ojos, y comencé a escuchar a mi alrededor, solo se oían el ruido de las hojas al caer meciéndose al viento y algún que otro batir de alas de pájaros.
Cuando los abrí el sol se ocultaba ya casi entero, dediqué toda mi atención a él. Llegó un momento en el que ya no se le veía, pero aun se percibía su luz. En ese momento volví a cerrar los ojos y me dediqué a relajarme y a concentrarme en sentir el viento en mi rostro, sin ninguna otra preocupación. Cuando me sentí lo suficientemente relajada los abrí y lentamente me levanté, pero al darme la vuelta vi a un chico detrás de mi, apoyado en el banco en el que me encontraba. Di un salto, el chico había llegado tan silenciosamente que yo no lo había notado.
-¿Cuanto tiempo llevas hay? –pregunté asombrada.
-El suficiente para saber que te gusta mucho este sitio –contestó mirándome directamente a los ojos.
Yo me ruboricé ante su respuesta, pero inmediatamente volví a adoptar la expresión de alguien que ha sido sorprendido cuando mejor se encontraba.
-¿Por qué as venido aquí? –contraataqué yo.
-Suelo venir por aquí a ver el atardecer casi todas las tardes.
-Yo también y nunca te había visto.
-Eso es porque no quería que me vieses.
Ante eso no supe que contestar, me ruboricé aun más y diciendo unas pocas palabras di la vuelta y me fui rápidamente a mi casa.
Al llegar, me note a mi misma feliz y nerviosa y aunque no lo quisiese admitir, en el fondo de mi me arrepentía de haberme ido sin saber quien era ese chico. Pero al menos ya tenía una anécdota no muy corriente para contar a mis amigas. Aquella noche me acosté temprano tras cenar muy poco.
Aun así me sorprendí levantándome a las 6 de la mañana, vistiéndome rápidamente, cogiendo una manzana y corriendo hacia el mismo lugar de ayer. Llegué y me senté en el mismo sitio del día anterior, aun era de noche, por lo que cerré los ojos y me llevé la manzana a los labios, esperando a que apareciese el sol ante mis ojos. Al cabo de unos segundos sentí una presencia a mi lado, sonreí, pero no abrí los ojos, el se quedo quieto sentado a mi lado. Cuando sentí el brillo del sol bajo mis párpado los abrí para observar aquel amanecer, no desvié la mirada hacia el chico ninguna vez, sabía que estaba allí únicamente por que le sentía cerca. Mientras el sol ascendía al cielo lentamente sentí como el chico se acercaba un poco más a mí, pero sin llegar a tocarme. Estuvimos así bastante tiempo hasta que el sol se encontraba ya alto en el cielo, en aquel momento yo me levante y dedicándole una sonrisa al chico me marché caminando hacia mi casa de nuevo.
Cuando llegué lo primero que se me ocurrió fue ir a ducharme, ponerme el vestido mas especial que tenía, unas botas altas, una chaqueta y salir a la calle.
Nada mas salir sentí el aire en mi rostro, de un salto bajé los tres peldaños delanteros de mi casa y con una enorme sonrisa pintada en mi rostro me encamine a dar una vuelta hacia donde me llevasen mis pies, por un momento pensé en dirigirme al parque pero descarté esa idea, ese lugar era solo para momentos especiales, así que me encamine hacia otro lugar. Pasé por enfrente de un puesto de helados, y no pude resistirme a comprar uno pero al ir a pagar descubrí que no tenia dinero, cuando salí de casa con las prisas lo había olvidado. Me di la vuelta resignada cuando de repente oí una voz.
-Ponle ese helado a la chica, yo la invito – dijo una voz dulce.
Me dí la vuelta sorprendida y no pude evitar esbozar una tímida sonrisa al comprobar que el chico que me miraba de pie frente al puesto de los helados no era otro sino el chico del parque. Me acerqué a recoger el helado, y me quede de pie frente al chico muy cerca suyo, le dediqué la sonrisa mas radiante.
-Gracias – le dije manteniendo la sonrisa.
-No hay de que – respondió el mirándome fijamente a los ojos.
Nos alejamos caminando el uno al lado del otro en silencio, hasta llegar a una especie de lago que había en el centro del parque, nos sentamos en el césped que lo rodeaba.
Nos sentamos juntos y seguimos en silencio hasta que yo terminé el helado.
-¿Cómo te llamas? –pregunté muy bajito, como temiendo romper ese silencio que nos envolvía.
Él giró la cabeza para mirarme y yo pude descubrir que sus ojos eran de un verde intenso y que su mirada parecía brillar con luz propia, noté como me ruborizaba ante sus ojos. Él también pareció notarlo, porque esbozó una sonrisa.
-Realmente, ¿Qué importancia tienen nuestros nombres ahora? – respondió él.
Ante eso no tenía respuesta, abrí la boca como intentando decir algo pero se quedo en el intento. Volví a cerrarla y bajé la mirada confundida. Cuando oí un ruidito que salía de él, levanté nuevamente la cabeza y pude ver que sonreía felizmente, yo no puede evitar reír con él.
-Tienen la importancia que tu quieras darle – dijo acompañando sus palabras con un guiño –Mi nombre es Christian y ¿el tuyo?
-Yo… me llamo Emma –contesté yo.
Nos miramos largo rato, fijándonos bien en los detalles del otro. Yo, aparte de los ojos, descubrí que poseía una sonrisa increíble, que su pelo era brillante de un color entre rubio y castaño en el que se reflejaba el sol de otoño y que sus rasgos eran especiales, no tenía una cara especialmente bella, pero la combinación de sus rasgos le hacían especial, distinto e indudablemente único.
El tiempo fue pasando y sin saber exactamente el motivo un poco antes de atardecer nos levantamos y nos fuimos caminando despacio hacia nuestro lugar. Yo le llamaba ya así, porque cada vez que lo miraba sentía que ese lugar era nuestro, de los dos…
Esta vez nos sentamos juntos, mas cerca que la vez anterior, pero si llegar a tocarnos.
Cuando el sol esparcía por el cielo sus últimos rayos, él cogió mi mano entre sus dedos. Yo sentí como un escalofrío recorría mi cuerpo y lentamente giré la cabeza para verle, él no me miraba, miraba hacia la puesta de sol pero pude ver un intento de sonrisa asomando en sus labios. Allí sentados estuvimos en silencio observando el paisaje como tantas otras tardes, solo que esta vez era distinto, esta vez estábamos los dos, sentados, cogidos de la mano, sintiéndonos el uno al otro. Al llegar la noche oscura nos levantamos y sin ni siquiera decir adiós nos marchamos, nos despedimos con la mirada. No sabía como ni donde, pero estaba segura de que al día siguiente le volvería a ver.
Caminé lentamente hacia mi casa bajo la luna, estaba preciosa aunque aun quedaban dos días para que estuviese llena. Llegué y en vez de llamar por teléfono o ver el ordenador me senté en la repisa de mi ventana, el aire fresco de la noche mecía mi pelo, que ondeaba suavemente tras de mi, miré al cielo y vi miles de estrellas brillantes, cerré los ojos y durante unos segundos seguía viéndolas, pero de repente aparecieron ante mi sus ojos, sonreí, no sabía el porque pero no me extraño nada que aquello ocurriese. Al cabo de un rato comencé a tener frío, por lo q decidí entrar ya en la casa y cerrar la ventana, me di un baño lento y calentito, cené y me metí en la cama a descansar.
“PiiPiiPii...” Levante sobresaltada ante el insistente sonido del timbre, cogí la bata y las zapatillas y tal como estaba bajé corriendo las escaleras para ver quién era pero justo al poner el pié en el último escalón dejo de sonar y cuando llegué a la puerta y la abrí ya allí no había nadie, miré en todas direcciones esperando encontrarle antes de que se marchase, pero no hubo suerte y resignada fui a cerrar la puerta, pero al intentar hacerlo vi algo enfrente de ella, una rosa roja. Era preciosa, y con la luz de la mañana brillaba con luz propia, la cogí y la abracé contra mi pecho mientras sonreía felizmente, rápidamente me di la vuelta para entrar en casa y colocarla en mi cuarto, pero justo antes de cerrarla me pareció ver unos ojos que miraban tras los setos del jardín, unos ojos muy especiales… Subí corriendo a mi cuarto y deposité la rosa en un jarrón blanco lleno de agua, justo enfrente de la ventana. Cuando me percaté de que ya eran las 2 corrí a la ducha, me vestí, peine, y salí a comer fuera.
Comí sola, pero estaba feliz, me sentía especial y contenta de ser quien era, con mis cosas buenas y mis cosas malas…
Cuando terminé camine despacio sin tener un sitio al que ir, finalmente acabe en el lago de la otra tarde, pero allí no había nadie. Me dejé caer en la hierba suavemente y respiré el aire fresco de aquel lugar, oía el ruido de las hojas ondeando al viento y a los pájaros piando a mi alrededor. Cerré los ojos y dejé que el sueño me fuese venciendo poco a poco. Desperté un par de horas mas tarde, abrí los ojos y lo primero que vi fue un cielo azul sin ninguna nube, el sol caía tras de mi y proyectada en mi barriga pude ver una sombra. Incliné todo lo que pude mi cabeza hacia atrás, descubriendo así, unos ojos verdes que ya me estaban comenzando a ser familiares. Me incorporé y me giré hacia él, dedicándole una sonrisa inocente. Él se levantó y se sentó a mi lado, nos quedamos mirándonos fijamente y poco a poco, deslizando la mano sobre la hierba la coloqué sobre la suya, él cerró sus dedos entre los míos y me sonrió dulcemente. Permanecimos así hasta el atardecer que fuimos a nuestro lugar habitual, transcurrió en silencio con nuestras manos entrelazadas...
Así fueron transcurriendo las tardes sin prácticamente ninguna alteración, entre nosotros cada vez surgía una amistad mayor y comenzamos a hablar poco a poco y a ir conociéndonos. La mañana antes de que comenzasen de nuevo las clases vi al despertar, que la rosa se estaba muriendo. Me entró una gran tristeza, era un vínculo que me unía a Christian de una manera especial. Pero eso era algo que tarde o temprano llegaría, me vestí y bajé corriendo las escaleras con la idea de verle de nuevo. Cuando abrí la puerta una sonrisa surcó mis labios, en la alfombra había una nota blanca y sobre ella, una rosa roja. La cogí y busqué con la mirada a Christian, pero esta vez no le hallé por los alrededores. Subí a mi habitación y sustituí la rosa nueva por la que agonizaba, que cuidadosamente guardé en el interior de un libro, luego leí la nota. Era breve, “Siempre que tengas la rosa roja, te sentiré conmigo” PD: Prometo traerte una nueva cada semana.
Yo no sabía que decir, me sentí única, especial y enormemente afortunada. Me quedé un rato en silencio mirando la rosa, hasta que de repente recordé mi propósito de salir a la calle. Corrí de nuevo escaleras abajo hasta la puerta, que cerré tras de mí con un sonoro portazo y caminé hacia el parque. Por el camino, sentí como si alguien me observase y me quedé quieta con los ojos cerrados en mitad de aquel lugar repleto de árboles, aunque no podía verle ni oírle, sabía quien estaba hay. Sentía la brisa rozando mi pelo, el calor del sol acariciando mi rostro y el olor a arboles y naturaleza. Mantuve los ojos cerrados incluso cuando sentí su presencia frente a mí, conforme sentía que se acercaba, mi corazón palpitaba mas rápidamente. Cuando le sentí a tan solo cinco centímetros de mi, apreté mis manos para relajarme. Él no paso inadvertida esa acción porque entrelazó su mano con la mía, mientras con la otra acariciaba mi rostro. Dejé de sentir la brisa, el sol, los olores... En un impulso de valentía abrí los ojos, justo para ver su mirada verde intensa que me infundía tanta fascinación. En lo que a mí me pareció una vida, el se acercó aun más y finalmente juntó sus labios con los míos...
Por mi mente pasaron miles de cosas, nunca nadie me había hecho sentir así. Lentamente nos fuimos separando, mi primer impulso fue agachar la cabeza, pero el delicada mente me cogió de la barbilla y me miró fijamente a los ojos mientras esbozaba una tímida sonrisa. Me agarró con fuerza la mano y caminamos hasta nuestro banco, no era la hora de la puesta de sol, pero igualmente nos sentamos allí en silencio con las manos entrelazadas y mi cabeza ligeramente apoyada en su hombro. Dejamos que fuesen pasando las horas, y solo interrumpimos nuestro silencio para decidir donde ir a comer, tras lo cual volvimos al banco. Christian se sentó, y yo me tumbé con la cabeza en su regazo, dejamos volar el tiempo hasta la puesta de sol entre caricias y sonrisas.
Cuando llegó la esperada puesta de sol, nos sentamos el uno junto al otro y cuando el sol estaba en el momento mas bello, Christian se levantó y me invitó a que yo lo hiciese, rodeó mi cintura con sus brazos y despacio deposito sobre mis labios el beso más dulce que pueda darse a una chica. En ese mismo instante supe que ese momento se grabaría en mi memoria por siempre...
Ya bien entrada la noche, el me acompañó a mi casa, nos despedimos con una sonrisa, no hizo falta más para comprender que aunque surgiesen cosas y cambiase el día, volveríamos a encontrarnos al atardecer...
1 comentario:
Wau!! Sara me encanta!! Me has dejado con la boca abierta y los pelos de punta!! Flipante!! Eres una estupenda escritora y no quiero que lo dejes nunca!! Me ha gustado muchisimo, de verdad! Nos vemos! Besos! Te quiero!
MaNu
PD: Christian... me suena ese nombre... jajaj aunque me mola mas el otro nombre!! ;)
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